EL CABALLO DE MADERA-CUENTO

"Dedicado a aquellos que habiendo dejado de ser niños, aún siguen cabalgando en su caballo de madera"

 

Me siento algo abandonado desde que el hermano de Juan recibió una consola en Reyes. Hasta ese momento, la primera visita que hacía al llegar de la guardería era para mí. Se balanceaba durante largo rato sobre mí grupa, en la que imaginaba cabalgar por parques y jardines, unas veces como caballero de brillante armadura y otras como uno de esos vaqueros de las películas de la tele que raramente le dejan ver hasta el final.

 

Desde que la consola está en casa, Juan no deja de estar pegado a su hermano mayor, observando su frenético pulsar botones. Esos lamentos metálicos que la consola emite, cada vez que un marciano desaparece de la pantalla (¿morirán realmente?), atrae mucho más su atención que mí gastada grupa de madera, sobre la que solía cabalgar. Su ya prolongada ausencia, me hace sentir inútil y desplazado.

 

Hoy, como muchos otros días desde que va a la guardería, Juan ha regresado con más vitalidad que cuando salió de casa. Su madre, cansada de trabajar y enfadada con él, le ha dicho: “¡Juega con el caballito!”

 

Juan, con su media lengua, sin dudarlo un momento ha contestado rápidamente: “¡Quiero una consola!" Desde el rincón en donde reposo, desde hace ya demasiado tiempo, he escuchado la respuesta y, a fe de caballo de madera que unas lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos (los caballos de madera tenemos sentimientos pero no podemos llorar) pugnaron por hacerlo ¡Tanta era la tristeza que sentí!

  

He notado que casi nadie me mira. Juan, ni siquiera me pasa su pequeña mano por las dibujadas crines como antes. Ahora, solamente me roza, inconscientemente, cuando pasa corriendo en dirección a la habitación de su hermano.

 

Su madre, olvidando los servicios que le he prestado durante tanto tiempo, me  está utilizando para colocar sobre mi grupa viejos trapos y, poco a poco, voy teniendo la triste sensación del abandono.

 

¿Habrá terminado mi vida? ¿Finalizarán mis días en el basurero como le sucedió hace un año a mi compañero el pato de madera con ruedas?

 

Lamento no poder cabalgar de verdad; no tener verdaderas patas para emprender el trote, sino un balancín al que estoy fuertemente trabado.

 

Si fuese posible, me escaparía una noche en busca de un lugar donde aún queden niños que, además de jugar con consolas, sepan compartir su tiempo con los caballitos de madera. Conozco los cambios ocurridos en los últimos cincuenta años. También comprendo que los pequeños se sientan atraídos por esos ruidosos juguetes electrónicos que, por otra parte, exigen de ellos una gran destreza y buenos reflejos pero, a pesar de ello, desearía que, nosotros, los juguetes de antaño, pudiésemos seguir siendo útiles y apreciados en nuestra sencillez.

 

No odio a los modernos juguetes (¡los caballos y los niños nunca deben hacerlo!) pero, sinceramente, sin ser ellos conscientes, están acelerando nuestra desaparición: la de los soldaditos de plomo; los carruseles de latón; las muñecas de trapo y las peonzas que giran vertiginosamente sobre su afilada punta ¡Cómo añoro aquellos tiempos!

 

¡He de ser fuerte y confiar en que  Juan, cansado de cazar marcianos en la verde pantalla, vuelva a acordarse de mí! Espero recuerde, algún día, los buenos momentos que hemos pasado juntos.

 

Como ahora tengo tanto tiempo libre, hace unos días me puse a pensar en la milenaria historia de nuestra raza, la de los caballos de madera. En mi memoria existen recuerdos llegados de no sé donde, que tienen que ver con otros muchos congéneres míos que jugaron un importante papel en la historia de la humanidad, desde la más remota antigüedad. Fueron importantes y, muy a menudo, se les reconoció pública y notoriamente su mérito.

 

Mi antepasado, el caballo de Troya, fue protagonista de una de las más hermosas y antiguas leyendas producto del ingenio humano. Para entrar en una ciudad sitiada sin ser descubiertos, los griegos podían haber escogido otro animal, para realizar su proeza: una vaca, un toro ¡No! Escogieron el caballo, símbolo de la nobleza, la fuerza y la inteligencia, para construir uno enorme y, camuflados en su vacío vientre, entrar en la ciudad de Troya, sin ser descubiertos.

 

Respecto a esta antigua historia, la cual me gusta contar pues me enorgullece ser congénere del héroe, he de confesar que existen serias dudas sobre su veracidad (los caballos de madera no podemos mentir).

 

Homero, el escritor que inmortalizó al caballo de nuestra historia, también había cabalgado cuando niño sobre la grupa de un hermoso corcel tallado en madera de olivo de la Tracia. Quizá fue tan feliz sobre él que, agradecido, deseó inmortalizarlo en la "ILIADA"

 

Gengis Khan, antes de ser el gran conquistador de muchas naciones, temido hasta los más lejanos confines de la tierra entonces conocida, había forjado su imaginación y carácter de gran jinete, cabalgando sobre la grupa de uno de nosotros. Dice la leyenda que nunca abandonó a su caballo de madera y que, aún en las estepas más frías y lejanas, siempre lo tuvo en un lugar preferente de su tienda de campaña.

 

“Gen”, como cariñosamente le llamaba su anciana madre, allá en la lejana y fría Mongolia, amaba y respetaba mucho a los caballos; sabía que dependía de ellos, de su resistencia y capacidad de sacrificio, para sus conquistas.

El gran Alejandro Magno, cuando niño, era incapaz de conciliar el sueño sin haber montado sobre su caballo de madera durante horas y horas. Aquel corcel de madera de roble, fue mudo testigo de sus primeros ataques de epilepsia. Sobre su grupa, una vez repuesto, imaginaba la conquista del mundo conocido y la gloria de grandes victorias sobre otros ejércitos. Amó tanto a su caballo que, estando éste enfermo de unas extrañas fiebres, Alejandro durmió durante días en el establo junto a él hasta que el equino se curó por completo.

 

Como consecuencia de esta estrecha y tierna amistad con su montura, que le había llevado sobre su grupa por países sin fin y acompañado fielmente en más de mil batallas, Alejandro se contagió y murió pocos días después aquejado de unas fiebres que los más famosos médicos de entonces no pudieron curar con ningún remedio conocido (vuestros padres os podrán confirmar este extremo).

 

Una de las últimas voluntades que figuraban en el testamento de Alejandro Magno, dictado durante las últimas noches de calentura, era que su viejo caballo de madera, fuese enterrado a su lado, juntamente con su corona, escudo y espada y que, su otro caballo (el pariente de carne y hueso) fuese puesto en libertad, prohibiendo terminantemente que alguien pudiese montar de nuevo sobre su grupa.

 

Dicen algunos historiadores que Cleopatra, la bella reina de Egipto, se enamoró de Julio Cesar, mucho mayor que ella, al contemplar su marcial apostura de jinete entrando al trote en la ciudad de Alejandría por él conquistada. Cesar, en alguno (ahora no lo recuerdo exactamente) de los muchos escritos que nos legó de sus campañas, reconoce haber aprendido a cabalgar en un caballo de madera, allá en Roma, cuando era niño.

 

Pocos saben que, uno de los legendarios héroes de la historia de España: Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido por "El Cid Campeador", conoció a su futura esposa, Jimena, cuando ambos, siendo muy niños, coincidieron en una visita al castillo de un familiar lejano de ambos.

 

Impetuosos y dueños de un carácter fuerte, ambos llegaron a enzarzarse en una corta e infantil pelea por cabalgar sobre un hermoso caballo de madera, colocado en uno de los grandes salones, que había sido tomado como trofeo de guerra en una de las muchas batallas contra los árabes del sur de la Península Ibérica. Se trataba de un ejemplar, negro como el azabache, y de tamaño natural, enjaezado con lujosos arneses. Como ambos niños aún eran muy pequeños, uno de los pajes tenía que ayudarles para subir a la grupa.

 

Pasaron bastantes años, desde aquel episodio, hasta que contrajeron matrimonio. Ambos, nunca pudieron olvidar aquella infantil pelea por montar sobre la grupa del gran caballo árabe de madera.

 

No es necesario recordar (por lo menos a los mayores) que el "Cid", aún después de muerto, atado su cuerpo a la silla de manera que no sospechasen sus enemigos, y cabalgando sobre su fiel "Babieca", ganó una última y decisiva batalla.

 

Napoleón Bonaparte, en época más moderna, cuando era un niño de cinco o seis años y apenas media 30 centímetros de altura (la verdad es que nunca fue muy alto), se quedaba dormido sobre su caballo de madera, después de haber cabalgado durante horas conquistando imaginarios territorios por toda Europa. Ya entonces, tenía sueños sobre sus futuras proezas como cónsul, general y emperador de  Francia.

 

Cuando vencido y abandonado por los suyos los ingleses le confinaron, de por vida, en la lejana isla de Santa Elena, una de las pocas cosas que le permitieron llevar con él, además de algunos libros, papel y pluma para escribir, fue un viejo y descolorido caballo de madera que su padre le había hecho con mimo, allá en la lejana isla de Córcega.

 

Este caballo, acompañó siempre al emperador en su soledad y, cuando murió, los soldados ingleses que le vigilaban y admiraban profundamente, comprendieron que aquel juguete tan querido por el ex emperador, tenía que reposar en la misma fosa sin nombre que él.

 

Mucho más recientemente, personajes célebres por razón de su genio creador, gestas heroicas y en todos los campos del saber o quehacer humanos, han confesado sin vergüenza haber cabalgado sobre nosotros en su infancia.

 

Durante sus primeros años, gozaron de la silenciosa y creativa compañía de un caballo de madera que compartió sus sueños, alegrías y miedos infantiles.

 

Todos, con muy pocas excepciones, han citado a su caballo de madera en alguna ocasión (en libros, conferencias o conversaciones) con la misma naturalidad y cariño con que recuerdan a sus padres, hermanos o amigos más íntimos.

 

Incluso un célebre Papa de la iglesia católica (Juan XXIII), en uno de sus memorables sermones del día de Reyes confesó, ante todos los niños del mundo, la deuda de eterna gratitud contraída con el caballo de balancín, construido por su padre con madera de pino alpino. Sobre la grupa de aquel caballo, según el citado Papa, había aprendido a valorar el silencio creador.

 

Nosotros, los caballos de madera, a través de miles de años, hemos formado parte silenciosa de muchas familias; hemos despertado la imaginación de los niños; hemos sido mudos testigos de los distintos episodios de la vida y, lamentablemente para nosotros, hemos visto como nuestros pequeños e imaginativos jinetes se convertían en hombres y mujeres.

 

Hemos escuchado el llanto de los pequeños que, para perder sus miedos nocturnos, acudían a nosotros. Casi siempre, después de una corta cabalgada sobre nuestra incansable grupa por campos llenos de flores y alta hierba, quedaban tranquilamente dormidos, agarrados fuertemente con sus pequeñas manos a nuestras crines.

 

Hoy, en estos tiempos llenos de juguetes mucho más caros y sofisticados, pareciera ser que nuestros días están contados; que nuestro futuro será terminar en la basura o, con mucha suerte, y como simple curiosidad del pasado, en las vitrinas de uno de los pocos museos del juguete existentes.

 

Juan, después de recibir su consola por Reyes, me visita muy de tarde en tarde. Con la falta de uso, he perdido gran parte de mi movilidad y, cuando inicio mí trote, el balancín emite un ligero chirrido.

 

Su madre, deseando ganar un poco de espacio en la habitación, ha decidido deshacerse de mí. Él, al enterarse de mi destino, ha opuesto una ligera resistencia (¡Aún me quiere, lo presiento!) pero su madre ya lo había decidido.

 

Esta noche, apoyado en el contenedor de apestosa basura donde me han abandonado definitivamente, presiento que mi fin se acerca. Estoy realmente aterrorizado. Nunca hasta hoy, había pensado que los caballos de madera pudiesen sentir algo así. Pronto, el camión con sus enormes fauces trituradoras, pasará por esta calle ¡Escucho a lo lejos su ruido! Pronto dejaré de ser un caballo de juguete para convertirme en un montón de astillas que se pudrirán en cualquier vertedero lejano, rodeadas de restos de comida y ropa vieja.

 

Me levantan del suelo y la cara de un hombre mayor se acerca a la mía con curiosidad ¿Habrá llegado el momento final?

 

Me encuentro rodeado de cachivaches en un trastero húmedo y frío, en donde me han dejado arrinconado. No he terminado en las fauces del camión de la basura pero ¿Qué será de mí en este lugar? ¿Me convertirán en leña para la estufa?

 

Lentamente, con el cariño de quien tiene recuerdos hermosos de la niñez, aquel hombre va rellenando con masilla las heridas del tiempo en mi cuerpo de madera de abeto; elimina las viejas pinturas y, después, con mucho cuidado y mimo, me pinta de nuevo con alegres colores.

 

Cuando me contemplo, colocado encima de una vieja mesa para que la pintura se seque, veo un caballo de balancín completamente nuevo; joven y lozano como cuando salió de las manos del artesano que lo construyó hace bastantes años, allá en Alsacia.

 

Me siento orgulloso y alegre por la juventud recuperada e, instintivamente, surge en mi el deseo incontenible (¿genético quizá?) de galopar de nuevo, sintiendo que unas pequeñas piernas oprimen mis flancos, insistente y rítmicamente, tratando de imprimir más velocidad a la imaginaria cabalgada.

 

Me mete en una gran caja de cartón, envuelto en un hermoso papel con motivos navideños. Cuando vuelvo a ver la luz, dos pequeños de cuatro y cinco años, me miran con enormes ojos y el rostro feliz por la sorpresa. Su abuelo, orgulloso del trabajo realizado y recordando aquel caballo de madera de su lejana niñez, sonríe también abiertamente y les muestra, con un movimiento de su pierna derecha, cómo deben montar sobre mi grupa.

 

Ahora, después del abandono, el miedo y la incertidumbre, sé con certeza que volveré a ser útil y querido; que alguien volverá a convertirme en su confidente y me contará sus sueños durante el galope por los siempre verdes y floridos campos de la imaginación.

 

Los dos pequeños, inseguros aún sobre mi grupa, se aferran fuertemente a mis crines.

 

¡Me acuerdo de Juan!    ¿Se acordará él de mí?

 

 

 

 

© Fernando J. M.  Domínguez

     Día de Reyes de 2.002

LA CREACIÓN SEGÚN MI ABUELA

LA CREACIÓN... ¡SEGÚN MI ABUELA!

(MICRORELATO)

 

Esta noche, vista desde mi terraza, la luna parece una uña desprendida de los brillantes dedos de alguna presumida estrella...

 

Desde este lugar, atalaya de mis sueños cuando tengo insomnio,  contemplo como esa uña va creciendo hasta convertirse en un enorme globo, casi fosforescente, cuya influencia sobre nuestro azul planeta se ha descrito desde la más remota antigüedad, pero ¿nos hemos parado alguna vez a pensar por qué la luna se nos muestra en distintas fases?

 

Hay secretos, muy bien guardados y transmitidos de generación en generación, que solamente son conocidos por aquellos que, aún siendo viejos, conservan la capacidad de asombro de la niñez... ¡Mi abuela materna era uno de estos seres extraordinarios! Sabia, sin haber leído mucho, me desveló la más hermosa cosmogonía, cuando mis ojos de niño se abrían asombrados como platos escuchándola:

 

-          Fue el primer día de la creación cuando un dios aburrido de la oscuridad, decidió crear la luz. Puesto a crear y con algunas dudas sobre las formas definitivas que daría a los cuerpos celestes, los fue dibujando en la pizarra del firmamento. Todos fueron dibujados con un único y enérgico trazo, pero cuando llegó la hora de plasmar la luna en el inmenso lienzo azul y seguramente cansado de un día de intensa creación, hizo varios y torpes esbozos que fue desechando, uno tras otro.

 

Mi curiosidad insaciable, hacía una y mil preguntas con el consabido “¿por qué?” de los niños...

 

Ella, paciente y desvelándome un universo misterioso para mí, no cesaba de explicármelo a su manera:

 

-          Debido al cansancio, el dios creador – siguió – se olvidó de borrar los distintos bocetos que de la luna había hecho y así, al quedar estos en la pizarra del firmamento, surgieron las distintas fases de la luna.

 

Hoy, muchos años después, sé que mi abuela se había inventado aquella peculiar Creación para mí. De todas maneras, pienso yo, no deja de ser una explicación tan válida, hermosa y poética, como otra cualquiera para intentar comprender algo incomprensible.

 

Muchos años después de haberse marchado mi abuela para algún lugar desde donde las fases de la luna no son visibles, la observo en el cielo mientras pienso: “¿Serás tu la única que fue creada con torpes brochazos?”

 

La creación, esa historia cuyo principio y fin quizás nunca sean desvelados del todo, no deja de ser una tremenda paradoja: por un lado la exactitud de la mecánica celeste y, por otra, el hombre que, dicho sea de paso… ¡Nada de perfecto tiene!

 

Estoy convencido que mi abuela, conocedora del verdadero secreto de la creación, nunca me lo desveló por completo pues sabía que, más tarde o temprano, también yo lo conocería.

 

Mirando hacia abajo, a esta tierra sumida en la oscuridad de la intolerancia y la crueldad, sé que la luna no fue lo único que aquel Dios cansado de crear, hizo con desgana y torpeza.

 

© Fernando  J. M. Domínguez G.

      Septiembre de 2.005

¿CUÁNTOS HAY EN MI?

¿CUÁNTOS HAY EN MI?

RELATO

 

Ya hacía mucho, demasiado tiempo, que me había convertido en un adicto al sofá de aquel psiquiatra de corta barba y ajustado traje que ceñía excesivamente su oronda humanidad. Era un seguidor acérrimo de la escuela freudiana y, a mi juicio, me había estado escuchando demasiado tiempo.

 

Durante casi un año, su diván fue el lugar de reposo de mi cansado cuerpo pero un verdadero avispero para mi atormentada mente. Había depositado en él toda mi confianza; había pensado que mis problemas de identidad quedarían algún día resueltos pero, lamentablemente y después de largas y tediosas sesiones (¡sin olvidar el estado de mi cuenta corriente!), mis ideas estaban mucho más embrolladas que al principio.

 

Un día, cuando ya había cogido el ascensor para ir a su consulta, pulsé el botón de parada y di la vuelta para no regresar más a aquel lugar que, dicho sea de paso, siempre me olió a pasteles recién horneados en la confitería "Amistad" situada en los bajos del edificio. Era un olor repugnante, mezcla de mantequilla rancia y azúcar quemado.

 

Había confesado a mi psiquiatra todas mis interioridades; mis pesadillas; mis ansias y mis esperanzas. Seguro que, a estas alturas, sabía muchísimo de mi que yo mismo pero, a pesar de ello, todas sus sesudas deducciones me confundían y sus consejos no me proporcionaban la tranquilidad que en aquella consulta había buscado.

 

Escuchaba sus repetidas preguntas que intentaban hurgar en mi temprana sexualidad para buscar los orígenes de todos mis traumas; en la supuesta represión originada por razones familiares o culturales y otras freudianas teorías por el estilo.

Harto de contarle mis más íntimos miedos, decidí ser psiquiatra de mí mismo y no dar un céntimo más a aquel charlatán con aires de boticario aburrido y caros zapatos italianos.

 

Su saludo, tras la gran mesa de estilo napoleón, era invariable:

 

-          ¿Cómo se encuentra hoy?  ¿Ha dormido bien?

 

Mi respuesta, antes de tumbarme en el sofá, era invariablemente la misma:

 

-          Regular, doctor. He dormido solamente cinco horas, debido a la pesadilla de siempre.

 

La recurrente pesadilla que me atormenta casi todas las noches, tiene que ver con mi niñez. La acción comienza siempre en el mismo lugar (el patio de la escuela) en donde me veo corriendo tras una niña rubia y con pechos exageradamente grandes para su edad. Cuanto más corro tras ella, la distancia que nos separa se va haciendo mayor. La pesadilla finaliza siempre cuando tropiezo con una piedra y sangro abundantemente por mi nariz. La niña, con un horrible corrector dental que convierte su sonrisa en algo de una enorme fealdad, me contempla burlona desde el otro extremo del patio. En este momento, cuando mi cuerpo choca violentamente con el suelo, despierto sudoroso y con un ligero temblor de manos.

 

El psiquiatra, freudiano a ultranza, siempre me decía que mi sexualidad reprimida e insatisfecha era la culpable de mis pesadillas, añadiendo en tono didáctico que la niña bien podía ser la representación onírica de una madre autoritaria.

 

Los primeros días sin acudir a la consulta, he de confesar que pasé por una especie de síndrome de abstinencia pues echaba de menos aquel sofá de cuero ajado por los muchos pacientes que en él habían desgranado sus problemas y también, para que negarlo, la monótona voz del psiquiatra que me producía una especie de somnolencia reparadora.

¿Qué sucede realmente conmigo? Según mi psiquiatra, dentro de mi (¡además del supuesto problema con la sexualidad y una madre autoritaria) existe una lucha por liberarme de un fuerte sentido de culpa surgido a raíz de mi educación en un colegio religioso en donde se nos repetía lo pecaminoso de los tocamientos al propio sexo y nos inculcaban la represión de los deseos hacia el sexo contrario ¡por lo menos hasta casarnos!

 

He de reconocer que durante las etapas de la niñez y adolescencia, hasta poco después de ingresar en la universidad, cualquier pensamiento relacionado con el sexo me producía grandes remordimientos, llegando incluso a confesarme varias veces a la semana para aliviar, de manera solamente temporal, mi fuerte sentimiento de culpa ¡Me sentía tremendamente sucio por dentro y por fuera! Por un lado intentaba pensar en otras cosas pero, por otro, mi pensamiento volaba libremente en busca de eróticas aventuras.

 

Soy consciente de la tremenda lucha que en alguna parte de mí ser se  libra. Un día mi personalidad es malvada y llena de rencor irracional, deseando apretar el cuello de algún vecino con el que no hago buenas migas o me ha llevado la contraria en una reunión de la Comunidad. Otro, mi sexualidad se despierta furiosa y todas las hembras que a mi lado pasan, sin importar edad o constitución física, son objeto indiscriminado de fuertes deseos: las unas por sus pechos; las otras por su trasero o  piernas y, las adolescentes, por su  belleza en ciernes. Todas, sin excepción, despiertan el deseo apremiante de poseerlas.

 

A pesar de todo, a veces yo mismo me sorprendo. Hoy, cuando caminaba hacia el bufete, me encontré con una fila de adolescentes uniformadas en la acera y, he de reconocer que aquellas caritas con expresión entre inocente y malvada, despertaron en mí una ternura sin atisbo de sexo. ¿No es ésta una reacción totalmente normal? ¡Esta muestra de ternura, quizá producto del latente instinto paternal, me anima a pensar que no estoy tan mal como el psiquiatra pretendía!

 

En algunas ocasiones, mi sexualidad se aleja de la esfera de lo heterosexual para excitarme fuertemente con pensamientos de tipo homosexual. Cuando esto sucede, resulta muy difícil alejar ciertas imágenes, a pesar de rechazarlas como algo fuera de lo que considero mi verdadera y normal tendencia sexual. Algo más fuerte que mi sentido de la masculinidad me empuja a seguir recreándome en el acto sexual que imagino con todo detalle entre otro hombre y yo. Las imágenes me resultan sumamente gratas en su morbosa recreación mental.

 

Hasta la fecha, hace poco he cumplido los 30, he tenido un par de parejas del género femenino pero, después de poco tiempo, comencé a sentir una especie de repulsión por ellas y de manera muy especial por todo lo relacionado con sus genitales. Cuando esto ocurría, mis erecciones cesaban en el momento menos oportuno y todas mis parejas terminaron abandonándome tachándome de impotente o de eyaculador precoz.

 

Curiosamente, y desde hace unos meses, el sexo ha pasado a un segundo plano y el pensamiento más frecuente (¡mejor podría calificarlo de recurrente!) que me inquieta y tortura es el de cómo alcanzar el éxito profesional pero en un contexto ético coherente. Últimamente, me siento frustrado en mi carrera como abogado.

 

Hasta hace poco tiempo, la abogacía (¡pertenezco a una familia de letrados en su quinta generación!) lo era todo pero, a partir de mis visitas al psiquiatra y sin saber muy bien la razón, me he vuelto escéptico respecto a lo ético de mi profesión.

 

Ya sé que quizás resulte paradójico, dada mi incoherencia en otros terrenos, obsesionarme ahora por la ética profesional. Quizá sea otra de las muchas contradicciones de una personalidad compleja y enferma como la mía ¡No lo sé!

 

 

Hace unos días, inicié la defensa de un político corrupto que, sin pudor alguno, me confesó que no había querido ser menos que otros de su partido. Según él, todos se acercaban a la política para medrar o recoger "comisiones" y, de esta manera, labrarse un futuro alejado de preocupaciones económicas. Él, durante cuatro años, se dedicó a "ahorrar" de las subvenciones que se recibían en el Ayuntamiento para proyectos sobre inserción social de drogadictos.

 

A sabiendas de que es culpable, el bufete en el que trabajo me encomendó su caso ¿Existe algo menos ético que defender a un culpable confeso? ¿Cómo se puede pedir la absolución de un corrupto como él? Cuando siento estos escrúpulos, no puedo dejar de pensar en la otra cara de la moneda: en mis extraños deseos sexuales y en los instintos un tanto "criminales" que a veces se despiertan en mí ¿Cómo entenderlo? ¿Cómo es posible pretender ser honesto en unas cosas y trasgresor en otras? ¿No me encuentro ante una especie de clara esquizofrenia? Esta terrible ambivalencia de mi mente me produce realmente confusión e inseguridad.

 

Hoy, en el juzgado, he conocido a la letrada de la acusación y, a pesar de la extraña repulsión que las féminas producen en mí desde hace un tiempo, he de reconocer que me impactó su dominio del oficio y su fuerte personalidad. No es de una belleza al uso (¡más bien resulta un poco rolliza para los cánones de belleza actuales!) pero tiene un extraño atractivo que me obliga a seguir mirándola cuando se aleja con un ligero movimiento de sus caderas.

 

Debido a la fuerte y repentina atracción que he sentido por ella, he buscado una disculpa para cenar juntos. La disculpa (¡creíble por demás!) ha sido negociar, hasta donde sea posible, la pena de mi corrupto cliente. Ella, ha aceptado mi oferta como lo más natural.

 

-          ¿Cuánto tiempo llevas ejerciendo? - me pregunta mientras cruza sus piernas.

 

-          Unos siete años - mi respuesta va acompañada de una furtiva mirada al inicio de sus muslos que la corta falda deja generosamente al descubierto.

 

-          Llevo, aproximadamente, lo mismo - contesta mirándome a los ojos.

 

Si existe algo que me produce verdadera inquietud es una mirada directa… ¡Soy incapaz de soportarla!  Me asusta el pensar que alguien pueda leer en mis ojos las dudas y contradicciones que me atormentan.

 

Ella, como leyendo mi pensamiento, mantiene su mirada y dice:

 

-          ¿Qué pasa? Te veo un poco nervioso.

 

-          ¡Nada! - la respuesta sale como disparada, mientras mis ojos intentan esquivar los suyos.

 

El camarero nos trae la cena y mientras nos escancia el vino, permanecemos en silencio.

 

-          ¿Cómo piensas encarrilar la defensa de ese politicastro tuyo? - la pregunta tiene un punto de ironía que capto perfectamente - Sabes que el Ayuntamiento tiene pruebas documentales suficientes para que le caigan, como mínimo 10 años y la inhabilitación por cinco.

 

-          Bueno - levanto la vista del filete y me atrevo a mirarla de frente por un instante - Se puede levantar una buena polvareda política con lo que mi cliente puede contar de los "negocios" paralelos del alcalde y otros concejales ¡Vosotros veréis!

 

-          Puedes ahorrarte las amenazas - vuelve a mirarme directamente a los ojos - Podemos contar con la petición del Fiscal que, por lo que sé, será de 13 años o más.

 

La cena casi toca a su fin y mis ojos, si bien en cortas ráfagas, no han dejado de buscar sus muslos ¡Son realmente bonitos y sus rodillas son preciosas! Me asombro de lo excitado que me siento a su lado y deseo poder estar mucho más cerca de ella.

 

Después del café y mientras fuma lentamente, comenta:

 

-          No sé nada de ti fuera de lo puramente profesional ¿Te importa contarme algo de tu vida?

 

La pregunta me coge desprevenido pero, a pesar de ello, me escucho contestándole:

 

-          ¡No me importa! ¿Qué quieres saber?

 

-          Lo típico y tópico… ¿Estás casado? ¿Tienes novia? - mientras pregunta su sonrisa parece animarme a dar las respuestas.

 

-          Ni lo uno ni lo otro. Estoy libre y sin compromiso ¿Y tú?

 

-          Lo mismo que tú. El trabajo no me deja mucho tiempo para lo personal.

 

Seguimos hablando durante un buen rato y, caminando muy cerca de ella, la acompaño hasta su casa. Nos despedimos con un par de besos en las mejillas.

 

Cuando llego a mi apartamento, no puedo dejar de pensar en ella. Realmente, durante todo el tiempo que hemos estado cenando, no he dejado de desearla. Esta vez, no han sido los pensamientos raros de otras veces, sino el deseo de un hombre adulto por una mujer de su misma edad. El pensamiento de poder sentir su cuerpo desnudo cerca del mío me excita y pensando en sexo puro y duro, no acuden a mi aquellos extraños ascos de antaño. Esta "normalidad" en mis fantasías eróticas me sorprende.

 

Nos encontramos en el juzgado. Luce un traje chaqueta que realza su fuerte personalidad pero sin ocultar del todo su atractivo femenino. Nada más verla, acuden a mí de nuevo los pensamientos de la pasada noche en el restaurante. Deseo poseerla; sentirla muy cerca de mí. Tengo la extraña certeza de que con ella no me sucederán aquellas extrañas cosas de antaño y que mis erecciones no volverán a ser pasajeras o imprevisibles ¡Cómo la deseo!

 

Ella, mirándome de nuevo directamente a los ojos, parece haber leído mi deseo en ellos y con una sonrisa pícara me dice al oído:

 

-          Letrado ¡No mezclemos la obligación con el placer!

 

Tal como ambos habíamos previsto, el político corrupto es condenado a 10 años, en lugar de los 13 solicitados por el fiscal. He conseguido que el magistrado considerase un par de atenuantes circunstanciales.

 

-          ¡Te felicito, colega! - me dice mientras se quita la toga y echa un mechón de su cabello hacia atrás - Realmente has sabido jugar las pocas cartas de que disponías.

 

-          He tenido suerte, nada más - contesto sintiéndome culpable al haber defendido a un corrupto. Tú tampoco lo has hecho mal.

 

Ambos, cerca uno del otro, caminamos por el largo pasillo de la Audiencia, mientras nos miramos como lanzando al aire una pregunta "Y ahora… ¿qué?"·

 

Cuando llegamos al final de la larga escalinata que da a la calle, nos volvemos para exclamar al unísono: "¿Nos veremos alguna vez más?"

 

Ante tan extraña coincidencia, estallamos en una gran carcajada mientras nos dirigimos a la cafetería de enfrente.

 

Ella y yo, profesionalmente hablando, nos hemos enfrentado en muchas otras ocasiones pero, realmente, en donde nos encontramos a nuestras anchas y olvidamos nuestros debates legales, es en mi apartamento donde ya libres de la cotidiana monotonía de leyes, procesos y recursos, nos entregamos al juego del amor.

 

Con ella, ahora sí puedo decir que mi intuición no me engañó, mis recurrentes pesadillas han desaparecido; mis erecciones son gloriosamente duraderas y su sexo no me produce ningún tipo de asco, sino todo lo contrario.

 

Ya puedo sostener su mirada sin sentirme agredido o temer que descubra mi inseguridad o temores. Todo lo que me ha atormentado durante tanto tiempo, parece haber desaparecido por completo.

 

En sus brazos, adormecido por el cansancio de una larga e incruenta batalla por los dos ganada, presiento que además de haber encontrado el amor, he recuperado algo perdido hace muchos años en las nieblas de mi infancia. Es una extraña y dulce mezcla de sentimientos que nunca podré describir adecuadamente.

 

Ahora sé, con certeza, que mi psiquiatra nunca me volverá a preguntar: "¿Cómo se encuentra hoy?” “¿Ha dormido bien?" ¡Ha perdido, definitivamente, un cliente!

 

A punto de quedarme dormido, acude la imagen de aquella niña que, en mi recurrente pesadilla, siempre perseguí sin poder alcanzar. Ahora, sus pechos son apenas perceptibles y su sonrisa es hermosa. No es el inicio de una pesadilla, sino el final de un sueño.

 

Mis piernas, entrelazadas con las suyas, ejercen una ligera presión sobre sus muslos como queriendo sentir mucho más cerca el calor de su cuerpo o, quizás, para asegurarme que no me abandonará durante la noche.

 

Mientras el sueño me invade lentamente, siento su tranquila respiración sobre mi nuca, como un suave viento de verano que me acaricia.

 

 

 

© Fernando J. M. Domínguez G.

    Mayo de 2.003

EL ESCARABAJO QUE TODO LO VIO

EL ESCARABAJO QUE TODO LO VIO

 

(CUENTO)

  

Estaba escondido bajo la tierra. Hacía exactamente un año, desde que era una pequeña larva, que esperaba los primeros calores de la primavera para salir a la superficie. Pronto estarían sembradas las patatas y su ciclo natural  de reproducción podría comenzar bajo las verdes y tiernas hojas.

 

Cuando escuchó el ruido del tractor, todo su metabolismo se aceleró y empezó a perforar la dura costra de la tierra, iniciando la aventura de salir a la superficie y trepar a una amapola cercana. Desconocía el mundo exterior y sentía verdadera curiosidad. La luz del Sol, hasta que sus ojos se fueron adaptando a ella, le cegó por completo.

 

El ruido ensordecedor del tractor cesó de repente para dar paso a las voces airadas de dos personas que, entrando en el pequeño terreno junto al río, discutían fuertemente.

 

-          ¡Si lo deseas puedes separarte de mí pero no vas a sacarme ni un Euro! - la voz era la de un hombre de unos 45 años que estaba descargando unos sacos de patatas del vehículo.

 

-          ¡Eso lo veremos! - la mujer, con una azada en la mano derecha, tenía una mirada estremecedora.

 

-          ¡Ya lo verás! - él cargaba sobre sus hombros un saco de patatas - Tus hijos ya son mayores y yo no tengo suficiente para pasarte una pensión.

 

-          Lo que tú quieres, como has hecho toda la vida, es que me marche de casa y tú liarte con Maribel - la mujer parecía celosa al pronunciar aquel nombre - ¡Siempre fuiste un sinvergüenza!

 

El hombre dejó el pesado saco sobre la tierra y propinó un fuerte tortazo a la  mujer. El chasquido, como un latigazo, asustó al escarabajo que casi se cae al suelo. Levantó su pequeña cabeza, sosteniéndose con dificultad sobre la planta movida por el viento. De pronto vio como la azada se elevaba en el aire y caía sobre la cabeza del hombre. Escuchó el chasquido de huesos rotos y, casi al instante, un líquido viscoso y rojo se mezcló con la blanquecina tierra.

 

Pronto supo que allí, delante de sus ojos, se había cometido un crimen. Bajando lentamente de la amapola, se encaramó a una mata de hierba mucho más alta. Más que miedo sintió una gran curiosidad por saber lo que estaba ocurriendo.

 

La mujer, después de haber propinado el fuerte golpe sobre la cabeza del hombre, se había quedado como petrificada. Durante unos minutos solamente susurró, repetidamente, algo así como: “¿Qué he hecho, Dios mío?"

 

De pronto, pareció reaccionar y mirando a todos lados para cerciorarse de no haber sido vista, comenzó a cavar un hoyo allí mismo, cerca del muro. Cuando el agujero fue lo suficientemente profundo, arrastró el cadáver del hombre y, después, lo cubrió apresuradamente con la tierra teñida de rojo.

 

El escarabajo, desde su atalaya en la mata de hierba, lo observó todo con detalle. La mujer, como si nada hubiese ocurrido, se puso a la tarea de plantar patatas y tras unas horas de trabajo, el campo quedó completamente cubierto de surcos.

 

El lugar donde había enterrado el cadáver, después de terminada las labores de siembra, ya no era reconocible y solamente el pequeño escarabajo, que había estado tan cerca del lugar del suceso, podía ubicarlo en el terreno.

 

Aquello, lo sabía por instinto, era lo que los humanos llamaban un crimen. Desconocía qué había sucedido antes de aquel terrible suceso pero, fuese lo que fuese, el final le parecía demasiado cruel.

  

A pesar de no sentir afecto alguno por los humanos puesto que trataban de eliminar a los de su raza con todo tipo de venenos, cada vez más mortíferos, algo en él le decía que aquello iba contra toda regla establecida por la  naturaleza. Él, como escarabajo responsable, no podía permitir que un crimen quedase impune. La dificultad, por los graves problemas de comunicación, residía en cómo dar a conocer lo sucedido a otros humanos.

 

Pasó muchos días dando vueltas al asunto hasta que pareció encontrar una solución. Tenía que apresurarse o la tierra, hambrienta de abono, consumiría muy pronto aquel cuerpo que pronto empezaría a descomponerse en sus entrañas.

 

La libélula, posada sobre una planta de patata, se acercó al escarabajo. Ellas y los escarabajos, hijos de la misma estación, se entendían bastante bien a pesar de tener lenguajes algo diferentes. Después de los saludos de rigor, el pequeño escarabajo contó con pelos y señales lo sucedido. La libélula, por primera vez en su corta vida, tenía noticia de una cosa así y se mostró asombrada mientras planeaba con singular maestría sobre las plantas que brotaban en las orillas del riachuelo.

 

El topo, recién salido de su largo túnel y con la boca aún repleta de tiernas raíces, se acercó al riachuelo para limpiar su piel llena de pegajoso barro. Refunfuñaba (¡los topos refunfuñan siempre!) mientras se rascaba con mucho cuidado su lustrosa piel. La libélula, volando de hierba en hierba cerca de la corriente de agua le vio y deseosa de comunicar  lo que el escarabajo le había contado, entabló conversación con él.

 

El topo, no mostró mucho asombro por lo oído y, en principio, se encogió de hombros. Tenía mucho trabajo y los humanos no eran personajes que le cayesen particularmente simpáticos. En realidad traban siempre de eliminarle, colocaban trampas, tapaban los respiraderos de sus galerías o echaban veneno en ellas. A pesar de todo, después de unos momentos de reflexión, la gravedad de lo ocurrido pareció hacer mella en él. Se despidió de la libélula y continuó cavando más galerías.

 

La gallina, como era su costumbre, merodeaba por los campos cercanos al riachuelo en busca de gusanos, lombrices y hierbas tiernas. Tras ella, una hilera de ocho polluelos, cual bolas de peluche amarillo, seguían sus pasos. Avanzó hasta la orilla y se paró al ver una gorda y rojiza lombriz de tierra que estaba saliendo a la superficie. En una décima de segundo, pasó a su buche. Los polluelos, queriendo imitarla, no dejaban de escarbar en la húmeda tierra, esperando tener la misma fortuna.

 

El topo, que había escuchado a la gallina, asomando su hocico por una de las muchas chimeneas de su largo túnel se acercó al riachuelo. Después de los saludos habituales y mostrando su admiración por las habilidades de los polluelos, contó a la gallina el trágico final de aquel hombre a manos de su mujer. Terminó su relato refunfuñando sobre lo mucho que tenía que trabajar aún.

 

La gallina, mucho más cercana a los humanos por una convivencia de miles de años, se sintió sorprendida y apenada por la tragedia "¿Cómo era posible?"

Sus apurados cacareos y agitado movimiento de plumas, indicaban bien a las claras su nerviosismo. Sentía un cierto cariño por los humanos, a pesar de conocer el triste destino que la esperaba en cualquier día de fiesta. Nunca había sido rencorosa y asumía con resignación su destino. Ella, como el topo, pensaba que aquel crimen no podía quedar impune.

 

Volvió sobre sus pasos hasta el corral seguida de los polluelos que, ante la brevedad del paseo matinal, protestaban con su continuo piar.

 

El perro, mezcla de pastor alemán y San Bernardo, se acercó a la gallina. Cada vez que ésta entraba en el corral se saludaban como buenos vecinos y siervos de un mismo dueño. Cada uno de ellos cumplía una misión: ella poniendo huevos e incubando pollada tras pollada. Él, asumiendo la vigilancia de la casa y evitando que los muchos zorros que pululaban por el cercano bosque pudiesen penetrar en el corral. Ambos, a pesar de ciertas diferencias  en el pasado, se respetaban e incluso en algunos momentos charlaban amigablemente sobre sus cosas.

 

Una vez los polluelos entraron en el gallinero, la gallina se acercó al perro y con aire un tanto grave, le contó la historia de aquel hombre que había sido asesinado en el campo cercano al riachuelo, no muy lejos de allí.

 

El can, sentado sobre sus cuartos traseros para mejor escucharla, subió y bajó sus largas orejas, mientras su rostro se tornaba triste y su hocico se humedecía. Algo había oído hablar de sucesos parecidos a otros colegas pero, hasta hoy, nunca había creído que fuese posible semejante cosa. Él, como amigo del hombre, tenía que poner en conocimiento de sus amos semejante suceso, lo antes posible. El crimen no podía quedar impune.

 

Ladrando estrepitosamente hasta conseguir que su amo saliese a la puerta de casa, emprendió una alocada carrera hasta el terreno que la gallina le había indicado.

 

Su amo, en un principio, dudó en seguirle pero ante las repetidas idas y venidas del perro, su evidente excitación y los continuos y lastimeros ladridos, terminó por ir tras él.

 

Lug, mezcla de pastor alemán y San Bernardo, no lo dudó un instante y una vez en el terreno, después de olfatear ligeramente la tierra, se puso a la tarea de cavar un profundo hoyo. Pronto, ante los asombrados ojos de su amo, apareció una mano pálida y ya roída en parte por los gusanos. Después el rostro con las cuencas de los ojos ya vacías.

 

Sujetó al nervioso can por el collar y se dirigió al cuartelillo de la Guardia Civil para denunciar el terrible hallazgo.

 

El escarabajo, la libélula, el topo, la gallina y el perro, cada uno en un lugar de observación, pudieron ver como unos hombres terminaban de sacar el cadáver de la tierra.

 

Más tarde, cuando aún el cuerpo estaba sobre la tierra, envuelto en un plástico plateado, unos guardias trajeron a una mujer que gritaba y gesticulaba. Uno de ellos, la acompañó hasta el lugar donde había estado enterrado el hombre y habló con ella largo rato.

 

El perro, sentado en el descansillo de la escalera que daba a la puerta de la cocina, pudo escuchar los comentarios de sus amos:

 

-          Ya confesó el crimen. Por lo visto estaban discutiendo sobre la separación y ella se dejó llevar por la ira.

 

-          Hace tiempo que discutían constantemente - la mujer lo decía mientras miraba por la ventana.

 

-          Sí... - el hombre aún estaba pálido - pero de eso a matarlo.

 

El perro se lo contó a la gallina. Ésta, por la mañana y acompañada de sus polluelos, se lo comunicó al topo en la orilla del riachuelo. Éste, atareado como siempre en abrir nuevas galerías, aprovechó un descanso para decírselo a la libélula. Ésta, volando entre las verdes ramas de patata, encontró al escarabajo atareado en poner sus huevos bajo las hojas y se lo dijo también.

 

El escarabajo, agotado por la puesta, descansaba. Miraba hacia el lugar del crimen donde la tierra aún estaba revuelta y, en su fuero interno, lo único que deseaba era que este año se olvidasen de fumigar el campo donde todo aquello ocurrió.

 

Ya en el corral, de regreso del habitual paseo con sus polluelos, la gallina y el perro se saludan y comentan de nuevo el triste suceso, mientras los polluelos picotean insistentemente la tierra.

 

La tarde está cayendo, mientras las campanas de la cercana iglesia redoblan a muerto.

 

 

 

 

 

© Fernando J. M. Domínguez

      Enero 2.001

LAS ARDILLAS VORACES

LAS ARDILLAS VORACES

 

 

 

(Cuento infantil)

 

Desde hacía ya cinco largos inviernos, las gentes de aquel pueblo situado en la montaña no habían vuelto a comer nueces. Nada más caer los frutos de los numerosos nogales que llenaban de verdor las laderas, un ejército de ardillas voraces de color rojizo y larga cola se apoderaba de ellos y los transportaban velozmente a sus nidos ocultos en las oquedades de los centenarios robles que, como fantasmas de largos y retorcidos brazos, se encontraban a ambos lados de los caminos.

 

La situación llegó a ser crítica, puesto que las nueces habían sido siempre uno de los principales alimentos de aquellas gentes de la montaña, especialmente durante los fríos y largos inviernos…

 

A la llamada del alcalde, todos acudieron a la reunión esperando poder encontrar una solución para tan grave problema.

 

-         No podemos permitir que esta situación continúe por más tiempo – quien así hablaba era un anciano de larga y blanca barba.

 

-         ¿Qué podemos hacer? – preguntó una de las mujeres mirando a los demás en demanda de respuesta.

 

-         En los últimos años el numero de ardillas parece haberse multiplicado – el que ahora hablaba era el alcalde.

 

-         Es natural que así sea – señaló un joven campesino – Nuestras nueces son la razón para que su número aumente, año tras año.

 

Continuaron hablando durante largo rato hasta llegar a un curioso acuerdo: puesto que las ardillas eran animales muy inteligentes, intentarían hacerles comprender que en lugar de nueces, deberían comer manzanas.  Esta fruta, abundante en las riberas del pequeño riachuelo que bajaba de la montaña, era también muy sabrosa pero no podía conservarse durante tanto tiempo como las nueces.

 

-         ¿Cómo hacer comprender a las ardillas la necesidad de semejante cambio en sus hábitos? – preguntó uno de los presentes algo sorprendido.

 

-         Hemos de recoger muchas manzanas y llevarlas hasta los robles en donde tienen sus nidos – explicó el alcalde – Pondremos la fruta en pequeños montoncitos justo al pie de los árboles. Quizás, al tener abundante comida cerca, dejen de ir a buscar nueces a la ladera de la montaña.

 

-         Me parece una buena idea – apuntó otro de los presentes – Esperemos que al tener comida fácil dejen de robar nuestras nueces, dándonos tiempo suficiente para recogerlas y almacenarlas en nuestras casas.

 

Entusiasmados por la idea, se pusieron manos a la obra… Durante varios días recogieron grandes cantidades de rojas manzanas que fueron colocando en montoncitos bajo los robles.

 

Desde lo alto, con mirada curiosa, las ardillas observaban el apresurado ir y venir de los habitantes de la aldea, cargados con sacos de manzanas. Cuando todo quedó en silencio, fueron bajando para saltar sobre ellas. Pasada apenas una hora, todas las manzanas habían desaparecido en las oquedades de los robles y solamente se escuchaba el leve ruido de multitud de pequeños dientes royéndolas ávidamente…

 

Desde cierta distancia, el alcalde y unos cuantos vecinos más observaban el ir y venir de los ágiles animales.

 

-         Creo que las manzanas les gustan casi tanto como las nueces – comentó uno de los presentes esperanzado.

 

-         Esperemos que dejen a nuestros nogales en paz por una temporada – dijo una de las mujeres.

 

Maduraron las nueces… Una tras otra, como grandes gotas marrones, con un ligero y seco golpe sobre la verde hierba de la ladera, se fueron desprendiendo de los árboles. Pronto los nogales quedaron desnudos de frutos y hojas.

 

Los vecinos acudieron rápidamente para recoger aquellos frutos que serian parte de su alimento durante el largo y frío invierno.

 

Desde lo alto de los añosos robles, alguna de las ardillas observaba curiosa la recolección….

 

Las nueces, después de la apresurada recogida de la cosecha, ya reposaban en la penumbra de los desvanes… ¡Por fin! Después de algunos años sin apenas poder probarlas, los campesinos se felicitaban por la feliz idea de su alcalde.

 

Los más ancianos, carentes ya de dientes por su avanzada edad, tuvieron el deseo de comer manzanas pero, lamentablemente, solamente quedaban algunas en lo más alto de algunos árboles ¡Todas las demás habían sido comidas o almacenadas por las voraces ardillas!

 

De nuevo, ante la falta de manzanas, el alcalde convocó a los vecinos…

 

-         Estamos ante otra situación como la anterior – el alcalde se dirigió a los asistentes – Ahora apenas hay manzanas para que nuestros mayores puedan disfrutar de esta jugosa fruta.

 

-         ¿Qué podemos hacer? – preguntó una anciana apoyada en su bastón - Las manzanas nos ayudan a coger fuerzas para el invierno…

 

Todos miraron inquisitivos al alcalde, esperando una solución. Él, pasando su mano derecha sobre la sudorosa frente, parecía estar pensando a toda velocidad. Después de unos minutos de silencio, dijo:

 

-         Solamente nos queda probar con las ciruelas. Como sabéis, en las orillas del riachuelo existe una gran cantidad de ellas. Hagamos lo mismo que hicimos con las manzanas. Quizás las ardillas coman las ciruelas y dejen en paz nuestras manzanas.

 

Como antes habían hecho con las manzanas, recogieron gran cantidad de ciruelas y las llevaron hasta el pie de los ancianos robles, donde las ardillas tenían sus nidos. Ellas, curiosas por naturaleza, apenas esperaron a que los vecinos se alejasen para bajar de los árboles y, en pocas horas, las ciruelas acabaron por estar en la despensa de aquellos nerviosos y glotones animalitos.

 

Durante una o dos semanas, todo pareció estar en orden pero, muy pronto, casi todas las ciruelas desaparecieron.

 

El otoño ya se anunciaba con su especial policromía en los árboles de hoja caduca del bosque.

 

Las mujeres, deseando preparar mermelada de ciruela como siempre lo habían hecho se acercaron al riachuelo y, asombradas, comprobaron que apenas quedaban algunos frutos, aún verdes, en las ramas más altas.

  

De nuevo fue convocada otra reunión… Tanto el alcalde como los más ancianos de la aldea, se enzarzaron en una acalorada discusión sobre la conveniencia o no de todo lo que se había hecho hasta entonces para cambiar los hábitos de las voraces ardillas.

 

-         Está claro – el alcalde se dirigió a los presentes con rostro serio – que todas las medidas que hasta ahora hemos tomado, solamente han servido durante un corto plazo de tiempo. Las ardillas, no importa que fruta, parece que nunca se limitarán a comer solamente de una.

 

-         ¿Qué podemos hacer? – preguntó una mujer joven – Siempre hemos tenido ardillas en nuestros bosques y, a pesar de ello, hemos podido convivir con ellas. Ellas y nosotros estamos aquí desde hace siglos… ¿Qué ha sucedido en los últimos años?

 

Un hombre muy anciano, que había permanecido silencioso en las anteriores reuniones, se levantó con bastante esfuerzo y dijo mirando a todos con rostro muy serio:

 

-         La respuesta es muy sencilla… En los últimos cinco o seis años, hemos talado una gran cantidad de pinos en la ladera de la montaña. Todos sabemos que el alimento preferido de las ardillas son los piñones y, a falta de ellos, se han visto obligadas a bajar al valle para comer nueces, manzanas y ciruelas ¡No podemos culparlas de nuestros errores! Os aseguro que, de no replantar de inmediato pinos en la montaña, terminarán por comer nuestro maíz o nuestras patatas.

 

Todos los ojos se dirigieron al anciano, mientras éste se marchaba apoyándose en su bastón de caña…

 

El alcalde, mirando a los vecinos allí reunidos, solamente dijo:

 

-         Lo hemos escuchado todos… Creo que el anciano tiene toda la razón y ha acertado con el origen de nuestro problema. A partir de mañana replantaremos pinos en la ladera de la montaña para que las ardillas regresen al monte y dejen de robar nuestra fruta. En unos pocos años ellas tendrán piñones de nuevo y, nosotros, podremos disfrutar de nuestras frutas.

 

-         Siempre robarán alguna – afirmó uno de los asistentes sonriente – Claro que será una pequeña parte y podremos vivir en paz con ellas.

 

-         Así será – afirmó el alcalde levantándose – como lo ha sido durante miles de años. No podemos olvidar que ellas ya estaban aquí cuando llegaron nuestros antepasados.

 

Desde entonces, las ardillas no dejan de comer nueces, manzanas y ciruelas pero en pequeñas cantidades. Su alimento preferido, como ha sido siempre, son los pequeños y sabrosos piñones que extraen de manera magistral de las cerradas piñas.

 

De vez en cuando, quizás como demostración de que aquellas tierras siempre fueron y siguen siendo de su propiedad, cogen algunas nueces, manzanas o ciruelas pero, desde hace unos años y después de que los pinos les regalasen los sabrosos piñones de nuevo, apenas bajan al valle.

 

Todos los cuentos, por lo general, suelen tener una moraleja que, en este caso, dejo que el lector adivine… He de confesar que este relato no es un cuento sino algo que realmente sucedió, sucede o sucederá muy pronto…. ¡Las ardillas son animales muy prolíficos!

 

 

© Fernando J. M. Domínguez González.

        1º de septiembre de 2.005

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Este blog pretende ser un escaparate de mi modesta creación literaria.

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